Más producto no siempre es más negocio. Cuando el capital se queda dormido en el estante, la empresa puede vender mucho y respirar poco. Así es como trabajaríamos esa situación, paso a paso.
Esta es una situación ilustrativa: representa el tipo de problema que un dueño nos trae y cómo lo abordaríamos. No describe a un cliente real ni garantiza resultados.
«Tengo la bodega llena y la cuenta vacía. Reparto a más de cuatrocientas tiendas y mil productos, pero no sé cuáles me dejan y cuáles solo me dan vueltas. Compro de más por miedo a quedar mal, y el dinero se queda dormido en el estante.»
El tipo de dueño que nos busca — voz ilustrativa, no un cliente real.
No hay receta de inventario. Hay tres respuestas que conviene ordenar primero.
¿Qué parte de su inventario no se ha movido en los últimos noventa días — y cuánto dinero suyo está dormido ahí?
De sus clientes, ¿cuántos compran tan poco que atenderlos le cuesta más de lo que le dejan?
Si tuviera que escoger, ¿sabría cuáles productos sostienen el negocio y cuáles solo lo estorban?
El 16% de los productos generaba el 84% de la utilidad. El resto ocupaba la mitad de la bodega y dejaba dormido $350,000 de su capital — comprado por miedo a quedar mal, no por demanda real.
Pocas decisiones, bien escogidas. Cada una se mide en un número.
Separamos los productos que sostienen el negocio de los que solo ocupan espacio. El catálogo activo pasó de 1,180 a 640 referencias, sin tocar las ventas que importan.
Dimos salida ordenada al inventario lento en lugar de seguir comprándolo. Se liberaron $240,000 de caja en cinco meses, sin remate de pánico.
Clasificamos a los clientes por lo que de verdad dejan y rediseñamos las rutas de reparto alrededor de los que sí pesan. El costo de reparto bajó sin perder cobertura útil.
En lugar del reporte que nadie lee, el dueño recibe el puñado de cifras con las que sí puede gobernar la semana — y una llamada cuando algo conviene corregir a tiempo.
No llegamos con una fórmula de inventario ni con un método de marca. Empezamos por entender su operación por dentro — qué rota, qué se estanca, qué cliente paga el espacio que ocupa — y traducimos eso a las pocas decisiones que liberan caja y enfocan el negocio.
Usted sigue al mando; nosotros ponemos una mano experimentada en el timón y le devolvemos números con los que puede gobernar el negocio, no solo mirarlo. Con total discreción, y por una fracción del costo de un director financiero de tiempo completo.
Conversemos sobre la suya. La primera conversación es para entender, no para vender.